Meditación: La Pasión de Cristo

Como en un artículo anterior se demostró, el dolor se hizo necesario para reparar el pecado y volver a Dios. Pero había una desproporción infinita entre los reparadores y el Ofendido, por eso fue necesaria la Encarnación, para que haya a la vez una estricta justicia e infinita misericordia. Prepárate para meditar sobre la Pasión de Cristo. 

En la muerte de Lázaro, se describe varias veces el profundo llanto de Jesucristo (Juan 11). Pero en el versículo 15 les dice a sus discípulos que se alegra de no haber impedido la muerte de su amigo. ¿Por qué llora Jesús si sabe que lo va a resucitar?

No llora por la muerte de Lázaro, él ya dejó de sufrir. Jesucristo absorbe cada átomo de dolor que rodea este acontecimiento. Llora al ver llorar a los demás. Lo mismo antes de resucitar al hijo de la viuda de Nain. Así en Getsemaní y el la Cruz, y en toda su vida terrena concentró en su Sagrado Corazón todos los dolores del mundo. El dolor físico de la Pasión es nada comparado con este dolor cósmico. Conmoverse por los terribles sufrimientos de la historia viéndolos en El, también es meditar en su Pasión.

Pasión de Cristo Lumen Dei

Decir que el Verbo Eterno se hizo hombre en este valle de lágrimas, es lo mismo que decir que se hizo sufrimiento. Así como asumió nuestra naturaleza en todo menos en el pecado, también asumió nuestro sufrimiento, pues como dicen los Santos Padres, lo que no ha sido asumido tampoco ha sido sanado. Para que nuestros sufrimientos pudieran tener la capacidad de reparar el pecado era necesario que Jesús los sintiera como propios.

Por eso enseña San Agustín: “El fue exaltado ya sobre los cielos; pero sigue padeciendo en la tierra todos los trabajos que nosotros, que somos sus miembros, experimentamos”. Jesús en el Cielo ya no sufre, por eso se adelantó desde la cruz a padecer todo por todos hasta el fin del mundo. Si El participa de nuestros sufrimientos es para que nosotros podamos en esa comunión de sufrimiento participar de sus méritos. Jesucristo así hizo todo sufrimiento útil para la vida eterna con tal de estar en gracia de Dios.

Comprendemos así las palabras de San Juan Pablo II: “Si un hombre se hace partícipe de los sufrimientos de Cristo esto acontece porque Cristo ha abierto su sufrimiento al hombre, porque El mismo en su sufrimiento redentor se ha hecho en cierto sentido partícipe de todos los sufrimientos humanos” (Salvifici Dolores).

Pasión de Cristo

“Pero fue él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores” (Is. 53,4). Ahora comprendemos un poco más ese grito misterioso de Jesús en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Salmo 21). Era toda la humanidad alejada de Dios por el pecado que gritaba litúrgicamente por la boca del Redentor que los asumió a todos en sí para conmover las entrañas del Padre.

Pero San Pablo nos enseña algo más: “Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24). ¡Cristo me ofrece la misión que le dio su Padre! Con mi dolor aceptado puedo alargar el torrente salvador de Jesucristo que mana de su Corazón herido. Jesucristo, unido a su esposa fiel en el dolor da nuevos hijos para la gloria. En pecado mortal se desperdician todos los sufrimientos, pero soportados con amor, lejos de pesarle más, consuelan su Sagrado Corazón.

Por eso se queja Jesús a falta de esto: “Esperé que alguien se compadeciese de Mí, y no lo hubo, y que alguno me consolara, mas no lo hallé” (Salmo 68,21). Esta es la esencia de la devoción la Corazón de Cristo, de la que dicen varios Papas que es la mejor forma de practicar el cristianismo.

Explica magistralmente Pío XI: “Mas ¿cómo podrán estos actos de reparación consolar a Cristo, que dichosamente reina en los cielos?… Que si a causa también de los pecados futuros, pero previstos, el alma de Cristo Jesús estuvo triste hasta la muerte, sin duda, algún consuelo recibiría de nuestra reparación también futura, pero prevista, cuando, el ángel del cielo se le apareció para consolar su Corazón oprimido de tristeza y angustias…

Así aún podemos y debemos consolar aquel Corazón sacratísimo, incesantemente ofendido por los pecados y la ingratitud de los hombres, por este modo admirable, pero verdadero” (Miserentissimus Redemptor).

Pasión de Cristo

Lo mismo se podría decir de la Pasión de la Dolorosa Madre de Dios al pie de la Cruz. Así se entienden las palabras de la Santísima Virgen de Fátima a Sor Lucía en 1925: “Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme”.

Decía el insigne teólogo Antonio Royo Marín en unos ejercicios a Dominicas, que Cristo no pedía al Padre en Getsemaní que le quitase la Pasión. El cáliz que no quería era ver inútiles sus dolores ante la condenación de las almas. Por eso, nuestra penitencia y dolor bien llevado le consuela, pues gracias a él su Sangre Redentora llegará más lejos.

Ten en cuenta que, al sufrir, no sufrirás más por ofrecerlo a Jesús, sino menos, ya que todo dolor tiene un alto componente psicológico. Sufre más el incrédulo que no ve sentido en el dolor que el creyente viendo cómo el carbón por la gracia se convierte en un diamante rescatador de almas.


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